Pensiones

Densidad de cotización en el SAR: el determinante silencioso de las pensiones futuras

Análisis estructural de la densidad de cotización en el SAR mexicano, su relación con la informalidad y su impacto sobre la tasa de reemplazo proyectada en 2026.

SAR CONSAR Densidad de cotización Tasa de reemplazo Informalidad
Por Estructura

Contexto

El nivel de la pensión que recibirá un trabajador inscrito en el Sistema de Ahorro para el Retiro (SAR) bajo el régimen de cuentas individuales depende, en última instancia, de tres palancas: el salario base de cotización (SBC) sobre el que se realizan las aportaciones, la tasa de contribución obrero-patronal aplicada a ese salario, y el tiempo efectivo durante el cual el trabajador efectivamente contribuye a su cuenta. Las dos primeras palancas concentran la conversación pública y han recibido el grueso de la atención regulatoria: el aumento gradual de la aportación de 6.5 por ciento a 15 por ciento del SBC entre 2023 y 2030, ordenado por el decreto del 16 de diciembre de 2020, es la reforma estructural más relevante del sistema. La tercera palanca, denominada técnicamente densidad de cotización, suele permanecer fuera del debate público y, sin embargo, es la que en mayor medida explica por qué las pensiones proyectadas para la Generación Afore se mantienen por debajo de los estándares internacionales.

El presente análisis describe el concepto, revisa la evidencia empírica disponible para México, expone sus determinantes estructurales y traduce su efecto sobre la tasa de reemplazo proyectada. La premisa es directa: sin elevar la densidad, los aumentos a la tasa de contribución solo neutralizan parcialmente el problema de fondo.

Concepto y medición

La densidad de cotización se define como la proporción del periodo laboralmente activo durante la cual el trabajador realizó aportaciones efectivas al sistema. En su forma más simple, equivale al cociente entre el número de bimestres efectivamente cotizados y el número total de bimestres entre la primera afiliación y el momento de la consulta o el retiro. Un trabajador que ingresa al mercado laboral formal a los veinte años, se jubila a los sesenta y cinco y mantiene aportaciones continuas durante esas cuatro décadas y media presenta una densidad de 100 por ciento. Quien cotiza, en cambio, durante poco menos de la mitad de ese horizonte —patrón característico de la economía mexicana— registra una densidad cercana a 45 por ciento.

La CONSAR utiliza dos cortes principales para construir esta medida. El primero corresponde a la densidad de últimos cinco años, indicador relevante para verificar elegibilidad en figuras como el retiro parcial por desempleo del artículo 191 de la Ley del Seguro Social o la modalidad 40 del artículo 218. El segundo, de mayor interés analítico, es la densidad de toda la vida laboral, que se utiliza en proyecciones de saldo acumulado y de tasa de reemplazo. El registro administrativo proviene de las semanas cotizadas reportadas por el IMSS para los trabajadores del apartado A y por el ISSSTE para los del apartado B, y se complementa con los movimientos de altas y bajas en el patrón consolidado de cuentas individuales.

La densidad observada en el SAR mexicano

La evidencia recolectada por la CONSAR a partir de la trayectoria de las cuentas individuales pertenecientes a la denominada Generación Afore —los trabajadores que ingresaron al mercado laboral después de la reforma de 1997 y que jubilarán íntegramente bajo el régimen de cuentas individuales— sitúa la densidad de cotización promedio del sistema en un rango que diversos estudios institucionales y académicos colocan entre 40 y 47 por ciento. La heterogeneidad de la medición refleja tanto las diferencias metodológicas como el periodo de observación: las series que excluyen a trabajadores con menos de un año de afiliación tienden a ubicarse en la parte alta del rango, mientras que las que incorporan la totalidad de cuentas activas e inactivas se aproximan al límite inferior.

La distribución es marcadamente asimétrica. Datos del SAR y de los ejercicios cuantitativos publicados por AMAFORE sugieren que una porción mayoritaria de los trabajadores se concentra en densidades inferiores a 50 por ciento, mientras que menos de uno de cada cinco mantiene densidades superiores a 75 por ciento. Esta asimetría es relevante porque las proyecciones promedio del sistema tienden a ocultar la situación de la mediana, que es estructuralmente peor.

La densidad correlaciona con cuatro variables: nivel educativo, antigüedad en el sector formal, sector económico —con mayor densidad en manufactura, servicios financieros y sector público, y menor densidad en comercio, servicios personales y construcción— y región geográfica, con valores típicamente más altos en entidades del centro-norte industrial y del norte fronterizo.

Brecha de género

La participación laboral femenina en México se mantuvo cercana a 46 por ciento al cierre de 2025, una de las más bajas de la OCDE. A esa brecha de participación se añade una brecha de continuidad: las trayectorias laborales femeninas presentan más interrupciones asociadas a cuidados no remunerados, mayor incidencia de trabajo de tiempo parcial y una concentración relativa en sectores informales. La consecuencia sobre el SAR es una densidad de cotización promedio menor en las mujeres respecto a los hombres. Análisis recientes de la CONSAR documentan que, además de saldos promedio menores en cuentas femeninas, la densidad observada es inferior por varios puntos porcentuales, lo que se traduce en pensiones proyectadas significativamente más bajas.

Drivers estructurales

Informalidad laboral

Según la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo del INEGI, la tasa de informalidad laboral se ubicó en 55.0 por ciento de la población ocupada al cuarto trimestre de 2025. Los trabajadores en condición de informalidad no realizan aportaciones al SAR. Más relevante todavía, la economía mexicana muestra una elevada rotación entre formalidad e informalidad: una fracción significativa de los trabajadores transita varias veces durante su vida laboral entre ambos sectores, generando interrupciones en la cotización que se acumulan en una densidad estructuralmente baja.

Rotación dentro de la formalidad

Aun dentro del segmento formal, el tiempo de permanencia en un mismo puesto es relativamente corto, en particular en comercio y servicios. El reporte mensual del IMSS sobre puestos de trabajo afiliados muestra altas tasas de altas y bajas que reflejan tanto contrataciones temporales como rotación voluntaria. Cada baja sin alta inmediata se traduce en bimestres sin cotización y, por tanto, en una pérdida de densidad.

Arquitectura binaria del sistema

El régimen contributivo del SAR opera con una arquitectura binaria: el trabajador cotiza o no cotiza, sin mecanismos sistemáticos que faciliten el llenado posterior de huecos. El ahorro voluntario, la modalidad 35 de continuación voluntaria al régimen obligatorio del IMSS, y la modalidad 40 con sus reglas para la Ley 73, existen pero presentan penetraciones marginales y orientadas a perfiles específicos. La Política Nacional de Inclusión Financiera 2025-2030 ha incorporado el ahorro voluntario como prioridad, sin que ello modifique aún la trayectoria observada.

Reformas de formalización

La política pública reciente ha incorporado tres frentes que apuntan, indirectamente, a elevar la densidad: la reforma a la subcontratación de 2021, que reincorporó a millones de trabajadores al patrón real bajo el régimen IMSS; la reforma a las plataformas digitales publicada en diciembre de 2024 y su prueba piloto en el IMSS de julio a diciembre de 2025; y la afiliación obligatoria del trabajo del hogar remunerado vigente desde 2022. Cada frente formaliza una franja del mercado laboral previamente excluida, pero su efecto sobre la densidad promedio se manifiesta de manera gradual a lo largo de varias cohortes.

Aritmética: densidad y tasa de reemplazo

El efecto de la densidad sobre la pensión final puede aproximarse mediante el siguiente razonamiento. La aportación obrero-patronal al SAR alcanzará 15 por ciento del SBC en 2030. Un trabajador que cotice de manera continua durante cuarenta años sobre un SBC equivalente al salario promedio, con rendimientos reales históricos del SAR del orden de 4.7 por ciento anual, puede aspirar a una tasa de reemplazo bruta —el cociente entre la pensión y el último salario— cercana a la mitad de ese último salario. Cuando la densidad observada se reduce a 50 por ciento, manteniendo el resto de las condiciones constantes, la tasa de reemplazo se contrae proporcionalmente. Una densidad de 30 por ciento, propia de trabajadores con trayectorias muy fragmentadas, ubica la tasa de reemplazo por debajo del 20 por ciento, frontera a partir de la cual el trabajador típicamente activa la Pensión Mínima Garantizada o transita a la Pensión para el Bienestar de las Personas Adultas Mayores como ingreso principal en la vejez.

Las cifras coinciden con la lectura comparativa internacional. El Pensions at a Glance 2023 de la OCDE proyecta para México una tasa de reemplazo bruta cercana a 30 por ciento bajo el régimen de cuentas individuales, una de las más bajas del bloque. La razón estructural no es el nivel de la aportación, que tras la reforma 2020 se acercará al promedio OCDE, ni el rendimiento del sistema, que históricamente compara bien en términos reales. La razón es la densidad observada: el bloque OCDE registra densidades típicas entre 70 y 90 por ciento, mientras México se mantiene en el rango bajo regional.

El gancho fiscal: cuando el Estado complementa lo que la densidad no acumuló

La política pública mexicana ha respondido a la baja densidad con una arquitectura mixta que combina el componente contributivo del SAR con tres pilares no contributivos. La Pensión para el Bienestar de las Personas Adultas Mayores, con monto bimestral de 6,400 pesos para todas las personas de 65 años o más, opera como piso universal. La Pensión Mujeres Bienestar, con 3,100 pesos bimestrales en 2026 para mujeres de 60 a 64 años, cubre parcialmente la brecha previa al ingreso de la PBAM. El Fondo de Pensiones para el Bienestar, creado por decreto del 30 de abril de 2024, complementa hasta el salario promedio IMSS —fijado en 17,364 pesos mensuales— las pensiones de trabajadores que cumplen requisitos específicos.

El conjunto representa una corrección ex post: el Estado completa con transferencias lo que el ciclo contributivo no logró acumular por baja densidad. La lectura distributiva es positiva, en cuanto reduce la incidencia de la pobreza en la vejez. La lectura fiscal es exigente: el Anexo 13 del Presupuesto de Egresos de la Federación 2026 destina 599,145 millones de pesos al rubro de igualdad y bienestar, con buena parte canalizada a estos programas. Sin elevar la densidad subyacente, la presión fiscal seguirá creciendo conforme maduren las cohortes de la Generación Afore.

Comparativo internacional

El caso chileno, referente regional por su antigüedad —el sistema de capitalización individual opera desde 1980—, registra densidades promedio en torno a 50 a 55 por ciento, todavía por debajo del estándar OCDE. La reforma de 2025 introdujo un componente solidario y una cuota patronal adicional, en parte para compensar la baja densidad. Colombia muestra densidades inferiores, cercanas a 35 a 40 por ciento, parcialmente derivadas de la estructura dual de su sistema. Uruguay, con un mercado laboral altamente formalizado, exhibe densidades sustantivamente más altas y, en consecuencia, tasas de reemplazo más cercanas al promedio OCDE.

La lectura comparada confirma que la densidad de cotización es función directa del nivel de formalización del mercado laboral y no un atributo del diseño del sistema pensionario. La capitalización individual amplifica las ventajas de un mercado laboral formalizado y, por construcción, amplifica también las desventajas de un mercado segmentado.

Conclusiones

  1. La densidad de cotización es la palanca silenciosa del sistema. La discusión pública se concentra en la tasa de contribución y los rendimientos, pero la densidad explica una porción mayor de la variación en pensiones proyectadas, en particular en la mediana de la distribución.
  2. La reforma 2020 cierra parcialmente la brecha sin tocar la densidad. El tránsito a una aportación de 15 por ciento del SBC en 2030 eleva el ahorro acumulado de quienes ya cotizan continuamente, pero no incrementa los meses cotizados de quienes presentan trayectorias fragmentadas.
  3. La informalidad de 55 por ciento es la barrera estructural. Sin reducir la informalidad, la densidad promedio difícilmente abandonará el rango de 40 a 47 por ciento que las series de la CONSAR documentan para la Generación Afore.
  4. La brecha de género en densidad reproduce y amplifica la brecha en participación laboral. Las trayectorias femeninas combinan menor participación con mayor discontinuidad, traduciéndose en densidades y saldos sistemáticamente menores.
  5. La arquitectura no contributiva compensa, no resuelve. PBAM, Pensión Mujeres Bienestar y el Fondo de Pensiones para el Bienestar ajustan ex post la insuficiencia del componente contributivo y generan una presión fiscal creciente.
  6. La agenda estructural pasa por formalización. La reforma de plataformas digitales, la afiliación obligatoria del trabajo del hogar y la consolidación del REPSE son los frentes con mayor potencial para elevar la densidad de manera sostenida, con efectos esperados visibles solo en horizontes de mediano plazo.

Los registros administrativos del SAR, las series de la ENOE y los reportes mensuales del IMSS permiten dar seguimiento periódico a esta variable. Su incorporación a los tableros públicos de monitoreo del sistema pensionario es una de las prioridades pendientes para que el debate sobre la suficiencia de las pensiones futuras se traslade del componente más visible —rendimientos y comisiones— al componente más determinante.

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