Más allá del PIB: indicadores alternativos de bienestar en México
Pobreza multidimensional, IDH, BIARE e Índice para una Vida Mejor: el mosaico de métricas que en 2026 complementan al PIB para diagnosticar el bienestar mexicano.
Contexto
El Producto Interno Bruto sigue siendo la métrica dominante para evaluar el desempeño de una economía, pero su capacidad para describir el bienestar de la población es estrecha. La Comisión sobre la Medición del Desempeño Económico y el Progreso Social, presidida en 2008 por Joseph Stiglitz, asesorada por Amartya Sen y coordinada por Jean-Paul Fitoussi, planteó con claridad esa limitación: el PIB capta producción, no calidad de vida, y omite dimensiones esenciales como salud, educación, medio ambiente, desempleo, conexiones interpersonales y participación política. La recomendación central del informe Stiglitz-Sen-Fitoussi fue migrar hacia un sistema multidimensional que combine métricas objetivas y subjetivas y que dé visibilidad a las desigualdades entre personas, sexos y generaciones.
México ha avanzado en esa dirección desde la primera década del siglo. En 2026 conviven cinco familias de indicadores que complementan al PIB: la medición multidimensional de la pobreza heredada del CONEVAL y operada hoy por el INEGI, el Índice de Desarrollo Humano (IDH) del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, el Módulo de Bienestar Autorreportado (BIARE), los indicadores subnacionales del Banco de Indicadores de Bienestar y la ficha mexicana del Índice para una Vida Mejor de la OCDE. Cada métrica tiene una pregunta distinta: ¿qué carencias específicas enfrenta la población?, ¿cuánto desarrollo humano se acumula?, ¿qué tan satisfecha se siente la gente con su vida?, ¿cómo se distribuye el bienestar territorialmente? El presente análisis revisa los hallazgos más recientes de cada una y la coyuntura institucional que rodea su producción.
Pobreza multidimensional: la métrica de carencias
La medición multidimensional de la pobreza, vigente en México desde 2008 por mandato de la Ley General de Desarrollo Social, combina dos espacios de evaluación: el ingreso del hogar respecto a líneas de pobreza monetaria y un conjunto de seis carencias sociales (rezago educativo, acceso a servicios de salud, acceso a la seguridad social, calidad y espacios de la vivienda, servicios básicos en la vivienda y acceso a la alimentación nutritiva y de calidad). Una persona se considera en pobreza multidimensional cuando padece al menos una carencia social y su ingreso es insuficiente para adquirir la canasta de bienes y servicios definida.
Los resultados publicados por el INEGI en agosto de 2025, derivados de la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares (ENIGH) 2024, indican que 29.6 por ciento de la población se encontraba en situación de pobreza multidimensional, equivalentes a 38.5 millones de personas. La cifra implica una reducción de 6.8 puntos porcentuales respecto a 2022, año en que la incidencia se ubicaba en 36.3 por ciento. En la perspectiva de mediano plazo, entre 2018 y 2024 la pobreza multidimensional descendió de 41.9 a 29.6 por ciento, lo que se traduce en 13.4 millones de personas que dejaron esa condición durante el sexenio.
La heterogeneidad territorial sigue siendo profunda. En el ámbito rural, 45.8 por ciento de los habitantes (13.0 millones de personas) se encontraba en pobreza multidimensional en 2024, casi el doble del 25.0 por ciento registrado en el ámbito urbano. Entre entidades federativas la dispersión es aún mayor.
Pobreza multidimensional por entidad, 2024
| Entidades con mayor incidencia | % | Entidades con menor incidencia | % |
|---|---|---|---|
| Chiapas | 66.0 | Baja California | 9.9 |
| Guerrero | 58.1 | Baja California Sur | 10.2 |
| Oaxaca | 51.6 | Nuevo León | 10.6 |
| Veracruz | 44.5 | Coahuila | 12.4 |
| Puebla | 43.4 | — | — |
Fuente: INEGI, Nota técnica Pobreza Multidimensional 2024.
La descomposición por carencia ofrece pistas adicionales. En 2024, el rezago educativo afectaba a 18.6 por ciento de la población, equivalente a 24.2 millones de personas, una reducción frente al 19.4 por ciento de 2022. La carencia por acceso a la seguridad social siguió siendo la más extendida, con 48.2 por ciento de la población, dos puntos menos que en 2022. La dimensión más controvertida es la de acceso a servicios de salud: 30.6 millones de personas en zonas urbanas (30.1 por ciento) y 13.9 millones en zonas rurales (48.7 por ciento) reportaron esta carencia, indicador que se incrementó de manera significativa respecto a 2018 a raíz de la transición institucional del Seguro Popular al IMSS-Bienestar. México Evalúa y otros centros del Consorcio por la Transparencia en la Medición de la Pobreza señalaron en 2025 que la comparabilidad de los indicadores de salud y agua requiere ajustes metodológicos para capturar de forma fidedigna el cambio institucional.
El Índice de Desarrollo Humano: una métrica de capacidades
El IDH del PNUD agrega tres dimensiones —salud (esperanza de vida al nacer), educación (años de escolaridad esperados y promedio) e ingreso (Ingreso Nacional Bruto per cápita ajustado por paridad de poder adquisitivo)— en un valor sintético que va de cero a uno. La métrica fue diseñada por Mahbub ul Haq y Amartya Sen para desplazar el debate del crecimiento hacia las capacidades humanas, y aunque ha sido criticada por su agregación rudimentaria sigue siendo la referencia internacional más citada.
De acuerdo con el Informe sobre Desarrollo Humano 2025 del PNUD, México alcanzó un IDH de 0.789 en el ejercicio 2023, lo que lo ubicó en el lugar 81 de los 193 países evaluados. La cifra representa un avance marginal de 0.006 puntos respecto a 2022, atribuible principalmente a un aumento de 1.1 años en la esperanza de vida al nacer y a un crecimiento de 2.2 por ciento en el ingreso. El reporte subraya, sin embargo, que el ritmo de mejora del desarrollo humano se desaceleró en todas las regiones del planeta y que las proyecciones para 2024 muestran un estancamiento generalizado.
La trayectoria mexicana ilustra la inquietud. El crecimiento anual promedio del IDH fue de 0.64 por ciento en la década de 1990; descendió a 0.53 por ciento en la década de 2000 y se ubicó en 0.38 por ciento desde 2010. La consecuencia es que México progresa, pero a un ritmo menor que sus pares de la región y que su propia tendencia histórica.
A escala subnacional, la Plataforma de Análisis para el Desarrollo del PNUD México documenta brechas significativas. La Ciudad de México registra el IDH más alto del país con 0.817, calificado como desarrollo humano muy alto, mientras que Chiapas se ubica en 0.648, dentro del rango de desarrollo humano medio. La diferencia de 0.169 puntos entre la entidad mejor y peor evaluada corresponde, en términos de pares internacionales, a la distancia que separa a un país europeo de uno africano de ingresos medios.
Bienestar subjetivo: qué reporta la población
El Módulo de Bienestar Autorreportado (BIARE) del INEGI mide tres dimensiones de bienestar subjetivo: satisfacción con la vida, balance emocional y eudaimonia (sentido de propósito). Se aplica de forma semestral a población urbana adulta de 18 años o más en hogares con teléfono fijo y representa la fuente nacional más consolidada para captar la valoración personal del bienestar.
Los resultados del módulo levantado en noviembre de 2024 reportan una calificación promedio de satisfacción con la vida en general de 8.6 en una escala de 0 a 10, dato congruente con la serie histórica del indicador. El balance emocional general promedió 5.1 en una escala equivalente, con una asimetría notable: los hombres reportaron presencia más alta de estados emocionales positivos (5.6 en promedio), mientras que las mujeres exhibieron un balance más bajo (4.7), lo que sugiere una mayor carga de estados emocionales negativos. El INEGI reporta también que 29.2 por ciento de la población adulta se ubicó en un nivel de satisfacción moderada (calificaciones de 7 u 8).
La complementariedad con la medición objetiva es relevante. La satisfacción autorreportada elevada en presencia de alta pobreza multidimensional ha sido objeto de debate académico desde hace al menos dos décadas; la literatura sugiere que las mediciones subjetivas reflejan adaptación, expectativas y referentes sociales, por lo que deben leerse junto con métricas de capacidades y carencias, no como sustitutos.
El Índice para una Vida Mejor de la OCDE
El Índice para una Vida Mejor (Better Life Index) de la OCDE es un instrumento interactivo que ordena 11 dimensiones —vivienda, ingreso, empleo, comunidad, educación, medio ambiente, compromiso cívico, salud, satisfacción ante la vida, seguridad y balance vida-trabajo— y permite a los usuarios ponderarlas según sus preferencias. La ficha de México publicada en 2024 ofrece una fotografía del lugar relativo del país entre los miembros de la OCDE.
Los resultados son contrastantes. En empleo, alrededor de 59 por ciento de la población en edad de trabajar tiene empleo remunerado, frente a un promedio OCDE de 66 por ciento. En el ingreso disponible neto ajustado per cápita, México registra 16,269 dólares anuales, sustancialmente por debajo del promedio OCDE de 30,490 dólares. En cohesión social, 77 por ciento de las personas declara conocer a alguien en quien puede confiar cuando lo necesita, una de las cifras más bajas en la organización (promedio 91 por ciento). La dimensión educativa muestra que se espera que los mexicanos pasen 15.4 años en el sistema educativo entre los 5 y los 39 años, el menor lapso entre los países OCDE, frente a un promedio de 18 años. Como contrapeso, el desempleo de larga duración mexicano —de 0.1 por ciento de la fuerza laboral— es muy inferior al promedio OCDE de 1.3 por ciento.
A nivel subnacional, el Banco de Indicadores de Bienestar por entidad federativa del INEGI traduce el marco de la OCDE a nueve dimensiones (vivienda, ingreso, trabajo, comunidad, educación, compromiso cívico, salud, seguridad y balance vida-trabajo) y permite construir comparaciones entre estados. Es la herramienta más rica para análisis territorial fuera del propio IDH y la pobreza multidimensional.
Coyuntura institucional: el INEGI hereda la medición
El ecosistema mexicano de medición del bienestar sufrió en 2025 una reconfiguración profunda. El 16 de julio de 2025, el Diario Oficial de la Federación publicó el decreto que extingue al Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL) y transfiere sus funciones al INEGI, en cumplimiento de la reforma constitucional aprobada a finales de 2024. La extinción surtió efectos al día siguiente, y el primer reporte de pobreza multidimensional bajo coordinación del INEGI se publicó el 13 de agosto de 2025.
La transición ha generado dos posiciones claras en el debate técnico. La oficial sostiene que la medición conserva la metodología vigente, que el Comité Técnico Especializado de Medición Multidimensional de la Pobreza, integrado por dependencias federales, instituciones académicas, centros de investigación y representantes de la sociedad civil, garantiza estándares y comparabilidad, y que la incorporación al INEGI fortalece la articulación con las encuestas estadísticas que alimentan la medición. La crítica, articulada por exinvestigadores del CONEVAL, organizaciones del Consorcio por la Transparencia y centros como México Evalúa, advierte sobre tres riesgos: la pérdida de autonomía de la entidad evaluadora respecto del Ejecutivo, la reducción de la capacidad de evaluación de programas de desarrollo social que el CONEVAL realizaba además de la medición, y la persistencia de áreas metodológicas sensibles —en particular acceso a salud y agua— donde la comparabilidad histórica requiere precisiones explícitas.
La cuestión central no es metodológica sino institucional: una métrica multidimensional sólida exige independencia para ser creíble. El antecedente argentino del Instituto Nacional de Estadística y Censos durante la década de 2000, citado por varios expertos, ilustra el costo reputacional de una medición percibida como subordinada. La consolidación de la nueva arquitectura mexicana se observará en los próximos ejercicios, con la publicación de la ENIGH 2026 y el primer ciclo completo bajo el INEGI.
Conclusiones
- El PIB no es suficiente para evaluar el bienestar. El consenso técnico, vigente desde el informe Stiglitz-Sen-Fitoussi, es que se requiere un sistema multidimensional con métricas objetivas y subjetivas y con visibilidad explícita de desigualdades.
- La pobreza multidimensional alcanzó en 2024 su nivel más bajo de la serie histórica, con 29.6 por ciento de la población, pero la heterogeneidad regional persiste: la incidencia en Chiapas es 6.7 veces la de Baja California.
- El Índice de Desarrollo Humano sitúa a México en el lugar 81 mundial con 0.789 en 2023, dentro de un escenario de desaceleración global. La brecha interna entre la Ciudad de México (0.817) y Chiapas (0.648) refleja la dispersión territorial del bienestar.
- La medición subjetiva del INEGI muestra una satisfacción promedio elevada (8.6 en BIARE noviembre 2024) que coexiste con carencias materiales relevantes, advertencia clásica sobre los límites de los indicadores autorreportados como métrica única.
- La ficha mexicana del Índice para una Vida Mejor de la OCDE confirma rezagos comparativos en ingreso disponible, educación y cohesión social, junto con resultados favorables en desempleo de larga duración.
- La extinción del CONEVAL y la transferencia de funciones al INEGI desplazan el centro de gravedad institucional de la medición. Preservar la autonomía técnica, la comparabilidad metodológica y la capacidad de evaluación de política social será la prueba que defina si la nueva arquitectura mantiene la calidad estadística que México construyó durante dos décadas.