Subocupación y condiciones críticas de ocupación: la otra cara del mercado laboral mexicano
Diagnóstico de subocupación, condiciones críticas e informalidad en México: indicadores de calidad del empleo más allá de la tasa de desocupación.
Contexto
La tasa de desocupación en México cerró el cuarto trimestre de 2025 en 2.5% de la población económicamente activa, uno de los registros más bajos desde que existe la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE). Esa cifra, en cualquier comparativo internacional, sugeriría un mercado laboral en pleno empleo. Sin embargo, la lectura técnica del mercado laboral mexicano exige observar otros indicadores que la propia ENOE construye y que ofrecen una visión más matizada de la calidad del trabajo: la tasa de subocupación, la tasa de condiciones críticas de ocupación (TCCO) y la tasa de informalidad laboral. Mientras la desocupación marca un mínimo histórico, estos otros indicadores siguen describiendo a una población ocupada heterogénea, con jornadas insuficientes, ingresos por debajo del umbral mínimo o sin acceso a la seguridad social.
El argumento de fondo es metodológico. El estándar internacional fijado por la Organización Internacional del Trabajo (OIT) en la 19ª Conferencia Internacional de Estadísticos del Trabajo considera “ocupada” a toda persona de 15 años o más que haya trabajado al menos una hora en la semana de referencia, o que se encuentre temporalmente ausente de un empleo al que regresará. Bajo esa definición amplia, una vendedora ambulante con ingresos esporádicos, un repartidor de aplicación con jornadas fragmentadas y un trabajador formal sindicalizado de tiempo completo se contabilizan como personas ocupadas. La tasa de desocupación dice poco acerca de esas diferencias; los demás indicadores de la ENOE, mucho.
Marco metodológico de la ENOE
La ENOE es el principal instrumento del Sistema Nacional de Información Estadística y Geográfica (SNIEG) para describir el mercado laboral. El INEGI la levanta de manera continua con un diseño de panel rotatorio en cinco visitas y una muestra de aproximadamente 120 mil viviendas particulares, con representatividad nacional, estatal y por ciudades autorrepresentadas. Los indicadores se publican mensualmente con una versión nacional reducida (ENOE Nacional) y trimestralmente con la versión completa, que es la que permite desagregaciones por entidad federativa, sexo, escolaridad y rama de actividad.
El marco analítico parte de la siguiente cadena. La población de 15 años o más se divide en económicamente activa (PEA) y no económicamente activa (PNEA). La PEA, a su vez, se descompone en personas ocupadas y desocupadas, donde estas últimas son quienes no trabajaron pero buscaron activamente empleo en el último mes. Sobre esa base se calcula la tasa de desocupación. Pero el INEGI publica además, en cada boletín, una batería de indicadores complementarios sobre las personas ocupadas, que es donde se concentran las tensiones del mercado laboral mexicano.
Tasa de subocupación
La tasa de subocupación (TSO) mide a las personas ocupadas que declaran tener necesidad y disponibilidad de trabajar más horas de las que efectivamente trabajan, como porcentaje de la población ocupada total. Es una medida de subutilización del factor trabajo: el empleo existe, pero su intensidad horaria no es suficiente para quien lo desempeña.
La TSO en México ha oscilado de manera marcada con el ciclo económico. Durante el choque de la pandemia en 2020 alcanzó niveles cercanos al 25% de la población ocupada, reflejando la caída abrupta de horas trabajadas en servicios, comercio minorista y construcción. La recuperación posterior la llevó de regreso a un rango de dígito alto, entre 7% y 9%, donde ha tendido a estabilizarse. En el cuarto trimestre de 2025, en línea con la desaceleración descrita por el Producto Interno Bruto, la TSO se ubicó en un rango compatible con esa banda, lejos de los picos pandémicos pero claramente por encima de los niveles pre-2020.
Su lectura conjunta con la tasa de desocupación es reveladora. Una desocupación de 2.5% combinada con una subocupación de aproximadamente 8% indica que el mercado mexicano no padece un problema cuantitativo de plazas, sino un problema de intensidad y arreglo del trabajo: la persona conserva el empleo, pero la jornada es involuntariamente corta. La OIT ha documentado este patrón como una característica estructural de los mercados laborales latinoamericanos y, en particular, del segmento de servicios y comercio en pequeñas unidades económicas.
Tasa de Condiciones Críticas de Ocupación
La TCCO es probablemente el indicador más completo que la ENOE construye para describir la calidad de la ocupación. Su definición agrupa tres situaciones simultáneamente:
- Personas ocupadas que trabajan menos de 35 horas a la semana por razones ajenas a sus decisiones, es decir, por insuficiencia de la demanda de trabajo.
- Personas ocupadas que trabajan más de 35 horas semanales con ingresos mensuales inferiores al salario mínimo.
- Personas ocupadas que trabajan más de 48 horas semanales con ingresos inferiores a dos salarios mínimos.
La TCCO se expresa como porcentaje de la población ocupada. A diferencia de la subocupación, que se centra exclusivamente en las horas, la TCCO incorpora también la dimensión del ingreso y permite identificar a quienes trabajan jornadas extendidas a cambio de remuneraciones insuficientes. Esa segunda y tercera categoría son particularmente relevantes en el contexto mexicano, donde el comercio en pequeña escala, los servicios personales y una parte importante de la construcción operan con jornadas largas pero retribuciones bajas.
La trayectoria reciente de la TCCO ha mostrado una recomposición interna interesante. La política de recuperación del salario mínimo iniciada en 2019, que elevó el mínimo general en términos reales en más del 100% acumulado a 2025, modificó mecánicamente el umbral con el que se calculan las dos últimas categorías. Esto ha tenido un efecto ambiguo: por una parte, la elevación del mínimo aumentó la base salarial efectiva de la ocupación formal; por otra, redefinió hacia arriba el umbral con el que se mide la “criticidad” de las ocupaciones informales, ensanchando estadísticamente el universo de personas en condiciones críticas. La consecuencia es que la TCCO se ha mantenido en niveles altos, en torno a un tercio de la población ocupada, pese a la recuperación del ingreso laboral promedio observada en otros indicadores.
Informalidad como límite estructural
La tasa de informalidad laboral (TIL1) capta a las personas ocupadas que no cuentan con un vínculo laboral reconocido por la unidad económica para la que trabajan o cuya unidad económica opera sin registros contables formales. Es una medida más amplia que la tasa de ocupación en el sector informal (TOSI1), que sólo considera a quienes laboran en establecimientos no constituidos como sociedad, e incluye además a los trabajadores no protegidos en establecimientos formales, al servicio doméstico remunerado sin seguridad social y al trabajo agrícola no registrado.
La informalidad cerró el cuarto trimestre de 2025 en 55.0% de la población ocupada, prácticamente el mismo nivel que en los años previos a la pandemia. Es decir, más de la mitad de quienes trabajan en México lo hacen sin acceso a seguridad social, sin cotización al Sistema de Ahorro para el Retiro, sin afiliación al IMSS y, por tanto, sin las prestaciones de Ley Federal del Trabajo cuya exigibilidad depende de la existencia de un vínculo formal. Este es el dato que la tasa de desocupación oculta y que las TCCO y TSO matizan parcialmente.
La interacción entre baja desocupación e informalidad elevada es coherente con la lógica del mercado laboral mexicano. La economía mexicana no genera, por la vía formal, suficientes plazas con todas las prestaciones; ante la imposibilidad de quedarse sin ingreso —porque el seguro de desempleo federal no existe—, una parte sustancial de la fuerza laboral se autoemplea en el sector informal o ingresa a unidades económicas que operan al margen del régimen fiscal y de seguridad social. La desocupación, así, es marginal porque la informalidad funciona como amortiguador.
Heterogeneidad de género y territorial
La descomposición por sexo y entidad arroja patrones consistentes. La tasa de participación femenina, cercana a 46% a finales de 2025, sigue siendo casi 28 puntos porcentuales más baja que la masculina. Pero entre las mujeres ocupadas, los indicadores de calidad del empleo muestran resultados peores que el promedio: mayor incidencia de subocupación —vinculada a la articulación con el trabajo no remunerado del hogar—, mayor informalidad —concentrada en servicios personales, comercio minorista y trabajo del hogar remunerado— y un componente más alto de TCCO asociado a ingresos por debajo del mínimo.
La heterogeneidad regional refuerza el diagnóstico. Las entidades del centro-sur del país —Oaxaca, Guerrero, Chiapas, Puebla, Tlaxcala, Hidalgo— presentan tasas de informalidad superiores al 70% y TCCO igualmente elevadas, mientras que estados de la frontera norte y el Bajío —Nuevo León, Coahuila, Chihuahua, Querétaro, Aguascalientes— se aproximan a perfiles más cercanos a los promedios de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). Esta divergencia estructural responde a la composición sectorial: la manufactura exportadora del norte y del Bajío opera mayoritariamente bajo el régimen formal del IMSS, mientras que el comercio en pequeña escala y los servicios personales que predominan en el sur lo hacen bajo arreglos informales.
Comparativo internacional
El Employment Outlook 2025 de la OCDE coloca a México con una de las tasas de desocupación más bajas de la organización, pero también con una de las tasas de empleo informal más altas. La asimetría es ilustrativa: la métrica de desocupación es la que recibe atención mediática, pero no es la que mejor describe la situación laboral de la mayoría de las personas trabajadoras en el país.
El Panorama Laboral de la OIT para América Latina y el Caribe documenta una situación similar en el promedio regional. Las economías latinoamericanas tienden a presentar baja desocupación abierta y alta informalidad de manera simultánea. Esa configuración es consistente con la ausencia de regímenes universales de seguro de desempleo y con la prevalencia de unidades económicas pequeñas que escapan al perímetro del registro formal. México es un caso paradigmático: la coexistencia de una tasa de desocupación de 2.5% y una tasa de informalidad de 55.0% no es excepcional dentro de la región, pero sí lo es en cualquier comparativo con economías desarrolladas.
Implicaciones para la política pública
La separación analítica entre indicadores tiene consecuencias normativas. Una política orientada exclusivamente a contener la tasa de desocupación —por ejemplo, mediante programas de empleo temporal— no atiende el problema central del mercado laboral mexicano, que es la baja calidad de una parte importante de las ocupaciones existentes. En cambio, intervenciones orientadas a la formalización del empleo, al aumento sostenido del salario mínimo, a la reforma del régimen de subcontratación —ya implementada desde 2021—, a la incorporación de plataformas digitales al esquema del IMSS —en piloto desde 2025— y a la mejora de la inspección laboral por la Secretaría del Trabajo y Previsión Social actúan sobre los indicadores que efectivamente describen la calidad del trabajo: TSO, TCCO e informalidad.
El Programa Sectorial de Trabajo 2025-2030 reconoce esta lógica al colocar la formalización y la mejora del ingreso laboral como objetivos prioritarios, antes que la simple creación bruta de plazas. La trayectoria de la TCCO y de la TIL1 será la prueba más exigente para esa estrategia: si la desocupación se mantiene baja pero la informalidad no cede, la conclusión razonable será que la economía mexicana sigue careciendo de mecanismos suficientes para incorporar de manera plena al trabajo a su población.
Conclusiones
- La tasa de desocupación de 2.5% al cierre de 2025 es engañosa si se lee aislada. El indicador refleja que casi nadie en la PEA carece de algún tipo de actividad económica, pero no describe la calidad ni la cobertura de protección de esas actividades.
- La subocupación, en torno a un dígito alto, indica un mercado laboral con problema de intensidad horaria, no de cantidad de plazas. La jornada efectiva es involuntariamente menor a la deseada para una fracción no menor de la población ocupada.
- La Tasa de Condiciones Críticas de Ocupación captura la dimensión del ingreso y ha tendido a mantenerse en niveles altos pese a la recuperación del salario mínimo, en parte por el efecto mecánico de la elevación del umbral de referencia.
- La informalidad de 55.0% es el límite estructural. Mientras más de la mitad de las personas ocupadas no esté incorporada al régimen contributivo, los indicadores de calidad del empleo difícilmente convergerán a niveles comparables con los de la OCDE.
- El diseño de política pública debe seleccionar el indicador adecuado. Pretender reducir la desocupación cuando esta ya es marginal es un objetivo redundante; el foco analítico y operativo tendría que estar en la formalización del empleo, la calidad del ingreso y la cobertura efectiva de la seguridad social.
La información completa de los indicadores complementarios de la ENOE está disponible en los tabulados trimestrales y en el Sistema de Consulta Interactiva del INEGI.